Toscana: Crónicas Itálicas (parte primera)

Días 7 y 8 de Agosto de 2007

17:30. Punto de partida: estación de autobuses de Cáceres. Por lo que más temíamos era, como siempre por la puntualidad de Chicha, que generosamente se había ofrecido a recoger y llevar a casi todas las niñas. Esta vez había cumplido (¡un brindis por Chicha!).

El viaje a Madrid fue bastante tranquilo: mp3, revistas, alguna cabezada,… Como sorpresa añadida, unos amigos de Montaña, Adela y su novio Dani, nos esperaban en la parada de metro “Ibiza” para tomar un tentempié que nos ayudaría a pasar la dura noche en la T4. Al convite se unió el primo de Mariluz, Víctor, que amenizó lo que restaba de tapas con sus vivas historias y gestualizaciones. Sin embargo, la sonrisa se nos descuadró cuando llegó la cuenta: 78€, primera estacada al fondo comunitario.


Y por fin la llegada a la terminal, enterita para nosotros. Un paseo con los carritos a lo Fernando Alonso VS Hamilton y las maletas y nos acomodamos para las 8 horas de espera antes del embarque. Para evitar que nuestra empanada mental nos hiciese perder las maletas, decidimos marcarlas con lunares de colores a modo de salpullido de color. Alguno, sin saber cómo, acabó en la frente de algún dormidito dándole un aire hindú. Las primeras camas improvisadas las hicimos con toallas por el suelo y con las almohadas de los aviones. Entre tanto, las Ana’s dejaron correr su imaginación y se montaron una realidad alternativa a lo que era el primer vuelo de una de ellas.

Como el sueño y los bostezos marcaban el paso de las horas, decidimos irnos a tomar unos cafés que nos supieron como el mejor café del mundo o el último de nuestras vidas. El desayuno sin embargo, no hizo otra cosa que agrandar el ya tocado primer fondo: segundo hachazo, 27€.

8:10. Vueling VLG 6422. Destino: Pisa. Una vez ya en el avión, los azafatos de ambos sexos hicieron las delicias del personal (al menos de las mías) pese al retardo en la salida. Montaña y Anita decidieron hacerse amigas de Morfeo en la parte trasera del avión y se tumbaron en una terna de asientos vacíos. Anita, para variar, hizo de las suyas perdiendo su mp3 (aún no sé si aposta) y usando la estrategia de la cara angelical, convenció al azafato de turno para que se lo buscara por todo el avión con un final de cuento.

Y casi sin darnos cuenta, ya estábamos en tierras italianas. Pillamos un autobús que nos llevó al centro, cerca de nuestro ansiado camping. La maxicaravana (nº 16) que alquilamos estaba muy bien: 7 plazas, salón-cocina, baño acogedor y ducha, muy curiosa.

Como estábamos cansados de tanto viaje, aprovechamos la piscina (incluido el columpio para los niños) y las tumbonas para relajarnos antes de salir a comer. Encontramos un restaurante donde tenía unos menús y platos sueltos que tenían buena pinta. Deseábamos saborear las exquisiteces italianas: gocci al salmón, raviolis, pizzas, ensaladas,… Todo bastante rico y cómo no, el postre no podía ser otro que una merecida sesión de helados: limón, naranja y piña (el mío); chocolate y yogur (Montaña); pistacho, tiramisú y limón (Anita); coco y nueces (Ana); strachatela, café, limón y chocolate (Moisés); nata y caramelo (Mariluz).

Después de saciar todas las necesidades primarias, nos tocaba asombrarnos y deleitarnos con la arquitectura Pisana. De camino a la zona monumental, paseando por los puestos, pudimos observar a todo tipo de seres indescriptibles. El que más nos llamó la atención sin duda alguna fue el de un ser andrógino robusto y grande, con vestimentas propias de un cómic de Asterix y un pelo largo recogido con una trencitas muy monas.

También nos hizo mucha gracia un hombrecito que tocaba el silvato cada vez que alguien pisaba una de las dos zonas de césped, donde incluso te podían multar con 42’56€ (no hemos descubierto aún quién eligió esa cantidad). Después hicimos las fotos de rigor sujetando la torre de Pisa y algunas otras desatando nuestro encanto español y maligno: voceamos a los turistas que quisieron pagar la entrada a la torre, cantamos, jugamos con las palomas e incluso hicimos llorar a un bambino.

Y con tanta marcha a nuestras espaldas, era inevitable la llegada del descanso en forma de macrosiesta. A las 9 de la noche nos empezamos a desperezar y nos dispusimos a cenar con unos bocatas y hamburguesas del bar del camping, con unas merecidas copas de ron (ron que aguantó el viaje desde Cáceres), tertulia sobre gays y lesbianas, rollos, la vida y el pasado. Cuando se acabó la botella, sólo nos quedaba marcar nuestras figuras en los colchones hasta el día siguiente.

 

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