Toscana: Crónicas Itálicas (parte segunda)

Día 9 de Agosto de 2007

8:30. El primer móvil comienza a sonar dando paso a los primeros rayos de luz en la caravana. Las duchas de rigor, los zumitos con los croissant y algo de leche, tras los supuestos ronquidos ocasionados por un servidor.

Encendimos la música para coger fuerzas y comenzar a bailar mientras algunos vecinos nos incitaban a la juerga. De ahí a pagar la parte restante de la estancia en el camping y directos a la estación para ir a Lucca. Un rato de espera en la estación de tren y en apenas 20 minutos de viaje llegamos al nuevo paraíso (quizás el primero de nuestras aventuras). La belleza y el exotismo clásico irradiaba desde el primer paso.

El calvito de la oficina de turismo se ofreció generosamente y al módico precio de 1’50 €/hora/maleta a cuidar del equipaje (un dinerito bien invertido). La hermosa e inacabable muralla de 4 km de longitud guardaba grandes tesoros. En la Piazza San Martino, pudimos contemplar el Duomo di San Marino (Catedral de San Martín) y escuchar a un joven embelleciendo el lugar con su guitarra clásica. De camino a la Piazza Napoleone, nos encontramos con otro músico callejero, esta vez haciendo sonar un acordeón que entrelazaba sus notas con las ya casi silenciosas melodías dejadas atrás.

Después de pasear, el reloj biológico tocó: ¡hora de comer! (o qué os pensabais…). Como el clima no acompañaba (viento y unas nubes tirando a gris), nos sumergimos en una pizzería con la banda sonora de Il Padrino de fondo, donde pudimos degustar distintos tipos de pizzas: caprichosa, 4 estaciones, margarita, coto de funghi y calzone. Los postres, el café de rigor y para bajar la rica comida, anduvimos desde la Piazza San Michele, con su iglesia y las estatuas “en honor a”, hasta la Piazza dell’Anfiteatro. Como era redonda como una plaza de toros, dimos rienda suelta a nuestro carácter jovial y representamos para el populacho del lugar una peculiar corrida de toros. Los vítores no se hicieron esperar. Nos dieron las dos orejas y el rabo.

Lo más bonito y curioso fueron sin duda los adornos florares que lucían los ventanales, aportando ese carácter rústico, las hileras de bicicletas para turistas que hacían el entorno aún más familiar, el momento “pamela” de la niñas o el título de un hostal: Albergo La Luna. La última tecnología también estuvo presente en forma de mini seiscientos (en serio, era más pequeño que los que aquí se veían) o los nuevos modelos de manos libres (coges el móvil y te lo encajas entre el casco y tu oreja para conducir la moto cómodamente).

Y la gran Torre delle ore (Torre del Reloj) marcó la hora de retomar nuestro viaje con destino a Florencia. Hora y media más tarde estábamos ya instalados en nuestra atípica habitación de hotel que curiosamente caía a 500 m del propio hotel (nosotros también nos extrañamos cuando nos lo dijeron). Y para evitar derrochar el dinero que aún nos quedaba del fondo, como teníamos cocina, hicimos la compra en un supermercado para volver a disfrutar de una cena típicamente española: birras, vinito, ingredientes típico para una ensalada, salchichas y derivados para hacer sandwiches.

Como punto y final a la noche, llegó el momento “party”. Buscando, buscando, después de pasar por miles de escaparates para gente pudiente, intentar sodomizar a unas esculturas que miraban al duomo, un italoiraní (menuda mezcla el chaval) nos invitó a ir a “The fish pub”, donde por 5€ nos tomamos 5 chupitos “blue fish” y con unas tarjetitas de regalo, brindamos con champán (qué clase, sí señor). Lo más curioso de la noche, sin duda alguna, fue encontrarnos con un mexicano que brindaba a la voz de “salusita”, el australiano pulpo y el negrito madurito que pudo perder su cosita si persistía en el empeño de acercarse a las niñas (creo que nunca vi un acoso e intento de derribo a todo lo que se movía tan brutal).

También jugamos a la caza del famoso: el negrito fumao de Scary Movie o Hannibal del Equipo A fueron nuestras víctimas. Y como siempre suele pasar, por mucho que quieras dejar tu tierra atrás por unos días, siempre te encontrarás con gente más o menos conocida. Fue el caso de Raúl, el antiguo baterista de Los niños de los ojos rojos con su tropa de amigos. Las fotos de rigor y las risas mientras brindábamos por nuestro amado Cáceres, después de saber que teníamos amigos en común y las mismas ganas de fiesta.

Y llegó el momento de partir hacia nuestra morada. El frío, la hora que era y la mayoría de bares cerrados nos empujó al merecido descanso.

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2 comentarios en “Toscana: Crónicas Itálicas (parte segunda)

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