Un día hablaré de café

Podía haber empezado bien la mañana, pero han vuelto a poner a una nueva camarera en la cafetería de Derecho, en ese desierto (¡un poco más de vida, coño!) en el que me toca trabajar. Al menos tengo mi pequeño refugio, mi pequeño oasis con sus pequeños alicientes.

Lo único que pedí fue un café, esa bebida que mandaron los dioses y que a muchos nos ha servido para socializarnos a lo largo de nuestra vida. Lo que estoy bebiendo es lo más parecido a agua sucia, al efecto de exprimir un calcetín sucio que previamente ha estado en remojo en agua estancada. Sin sabor, sin olor y más bien frío.

Así no trabaja ni dios. De todos modos, haré un esfuerzo hasta la hora del desayuno, donde como amantes, se volverán a encontrar mis cinco sentidos con mi añorado café.

Autor: Abel Acosta

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