Entre California y mi mente

Era una noche fría. El alcohol no era lo único que recorría mi cuerpo. Sus manos más frías aún que la noche, erizaban mi piel y hacían que mis pelotas se pusieran duras como el acero. Ella no tenía nombre y yo era simplemente ese desconocido inoportuno que le cortó el paso con una sonrisa que irradiaba ganas de sexo. En otras circunstancias hubiéramos pasado de largo. Pero ahora estábamos buscando el cuerpo a cuerpo, acercándonos para saciar nuestros instintos más básicos. Me aterraba la idea de irme sin haber exprimido cada uno de sus recodos que deseaba infinitos.

“¡Quiero oírte gritar, coño, córrete, dime que te folle más fuerte!”, le dije intentando parecer un chico duro. Los espasmos de su pecho silenciaban el ritmo marcado por los golpes contra la pared. Cambiamos de postura varias veces, la cogí incluso a pulso poniendo todo mi empeño en que cayera sobre mi polla para arrancármela de cuajo.

Cuando acabamos, entre el sudor y el olor a maravillas, recogí mis cosas y me largué: “ha sido un placer. Espero que no nos volvamos a ver”, le susurré.

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