Relax en Granada

26 de Noviembre de 2008

Salimos cerca de las 15:30 camino de Granada. A mí me tocaba comer por el camino un delicioso bocadillo de lomo con queso. A los 15 minutos de camino sentimos pasar por encima de un plástico y para asegurarnos de que no le había pasado nada al coche, decidimos salirnos de la autovía a la altura de Casas de Don Antonio, paramos en la zona del Cacique y para nuestra sorpresa, se había volado una pieza de la parte baja del motor. De todos modos, no era nada grave, por lo que retomamos la marcha y a mitad de camino, después de hacer la parada de rigor para evacuar y echar gasolina, me puse al volante.

Sobre las 21:00, después de haber dado unas cuantas vueltas de más por dejar que el sentido común sucumbiera al TomTom, llegamos a nuestro destino con mucho cuidado, tras pasar por una calle de metro y medio de ancha en el Albaicín. Habíamos alquilado un apartamento en el Carmen (vivienda típica con jardín y rodeada por muros altos) de San Juan. Nos recibió el dueño, un simpático maniático del silencio, alto, delgado y de pelo canoso y voz afable que rápidamente nos dio las llaves de nuestro alojamiento.

El apartamento era genial (tal y como se mostraba en la página web), estaba muy cuidado, contaba con todo lo necesario y un poquito más, incluyendo una pequeña biblioteca temática sobre Granada, con unas vistas impresionantes de la Alhambra. Deshicimos parte de las maletas y nos fuimos a pasear y buscar un sitio para cenar. En la calle Elvira había muchas opciones, incluso para pillar marihuana a manos de un tipo de poco fiar. Terminamos en la “Taberna el Espejo” tomando una botella de rioja con un plato de tapas variadas al módico precio de 12 €, visionando las vacaciones del camarero por New York y un concierto de Depeche Mode. Como es costumbre, siempre está el personaje del lugar, que en nuestro caso era una mujer muy pesada que no paraba de hablar de Paris Hilton y de muchas más sandeces, con un desparpajo puramente pijo. Sin embargo, lo más llamativo era la decoración, colgaban espejos del techo, incluso se podría decir que era multiétnico por la variedad de estilos. Lo mejor, sin duda, el trato (nos pusieron una tapa extra para matar definitivamente la botella de vino).

De camino a casa, nos encontramos a un chico que nos dijo que nos invitaba a unos chupitos y nos dejaba las copas a 4 € y como ya íbamos tocados, no le costó mucho convencernos. El bar Ágora no tenía nada especial (ni gente por ser un miércoles) pero al menos nos echamos unas risas y bailamos lo innombrable. Cuando acudió a mi cabeza un halo de sentido común, recogimos y nos fuimos a dormir como culebrillas buscando su nido.

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