Camino de Sesimbra

Todo surgió un par de semanas antes, como un comentario que parecía ser sólo eso. Ésta vez, la crisis estaba de nuestra parte ya que encontramos en el Hotel Do Mar una habitación a muy buen precio. La escapada era inminente y obligada para desconectar en estos días de vacaciones de Semana Santa.

El día 3 de abril, de igual forma que hicimos para ir a Granada, después de trabajar y con bocadillo en mano, tomamos rumbo a Sesimbra. El viaje fue bastante bien, pudimos comprobar la conducción de los portugueses y cómo el TomTom perdía el norte (y el sur). Ningún problema: reprogramación con la dirección “centro Sesimbra”, la ventanilla del coche bajada y preguntando a algún imitador de Chewbacca, estaba todo resuelto.

Después de callejear y seguir señales con información difusa, dimos con el hotel. Unas vistas tremendas, aparcamiento sin problema, pero… ¿dónde estaba la entrada? Dimos unas cuantas vueltas y lo único que encontramos fue una puerta secundaria con un telefonillo al que al final llamamos. Una vez dentro, todo eran pasillos largos, mobiliario un poco retro y varios ascensores, unos que llevaban de la planta 2 a la 5 y otros de la 5 a la 10. Probamos suerte y subimos a la 5 y llegamos a la zona de recreo (jardines con piscina, piscina climatizada y ping pong). Por suerte, un hombre nos comentó que la recepción estaba en la planta 9. Cuando llegamos, el recepcionista se echó unas risas a nuestra costa por lo que habíamos tardado en encontrarle.

Cinco minutos más tarde ya estábamos en la habitación 810 con las maletas esparcidas por la cama. Una ambientación muy curiosa, las paredes podrían haber sido la fachada irregular de una casa, un ventanal que se podía ajustar de múltiples formas, una mesita que salía de la nada y una terracita perfecta. Muy peculiar, nos gustó.

Nos fuimos a estirar las piernas y de paso a buscar un sitio para cenar. Todos los camareros aprovechaban para mostrarnos las bondades de su restaurante hasta que por curiosidad, adentrándonos por una callejuela paralela al mar, llegamos a Praiamar que nos llamó la atención por los platos mixtos de mariscos y pescados. Sin duda, un acierto: buena comida, buen vino y buen servicio, recomendado.

Escogimos mixto de mariscos (sapateira, gambas y un plato de bivalvos: almejas, ostras y mejillones, en concreto), mixto de 4 pescados (no recuerdo cuáles eran) y una jarrita de vino verde de la zona para dejar pasar la comida. De postre, café y manzanilla gracias a que un italiano hizo de traductor entre el camarero y Alba. Riquísimo todo. De ahí a la cama ya que habiendo trabajado ese mismo día junto con el largo viaje al volante, el cuerpo exigía descanso.

Al día siguiente nos levantamos sobre las 8 de la mañana y subimos al comedor a desayunar. Cogimos todas las fuerzas del mundo después de habernos metido entre pecho y espalda lo imposible. El día se presentaba sobre todo costero, así que nos dirigimos al puerto donde nos colamos entre los pescadores y rememoramos una secuencia de la película de “Los pájaros” de Alfred Hitchcock entre un tumulto de gaviotas. También nos sorprendió el gran número de gatitos pescadores, gordos como cabrones a base de pescado.

A la vuelta, anduvimos por la orilla de la playa para sentir la arena en los pies y las frías aguas del atlántico. Las tripitas empezaban a reclamar nuestra atención y la mejor forma de apaciguarlas era con la cañita de final de la mañana. La verdad es que nos costó encontrar un sitio para las cervezas (a esas horas la gente estaba aún con ¡el café!). Alba volvió a retomar su oratoria italiana para convencer a un negrito de que eran muy bonitas las cosas que le estaba enseñando pero que no compraría nada. Casi le invitamos a una caña y todo.

Al rato, volvimos al mismo restaurante para comer donde repetimos con la mariscada y el postre pero esta vez cambiamos los pescados por un mixto de ensaladas (camarones, pulpo, huevas,…) y un vinito blanco de mayor calidad. Paseando de camino al hotel, encontramos un bar donde hacían caipiriñas. La primera nos sentó muy bien y la segunda nos la tomamos tirados en la playa. Fue un ratito muy divertido, estábamos pintones y enredamos hasta que empezó a hacer frío.

Para quitarnos la arena, nos pegamos un bañito en la piscina climatizada y para expulsar algo de alcohol, nos metimos en el baño turco a sudar. Después de tanto mareo de aguas, la camita se convirtió en nuestra salvación.

A la mañana siguiente, después de desayunar y recoger, pusimos rumbo al cabo espichel. Unas vistas preciosas y unos precipicios que ponían los pelos de punta. Daba sensación de libertad. Después directos a la freguesia Castelo que apenas disfrutamos porque se hacía tarde y había que buscar aún un sitio para comer y después partir hacia Cáceres.

Volvimos a Sesimbra a comer, esta vez a un restaurante diferente que no nos gustó tanto (el bacalao un poquito seco, la dorada mejor y una brocheta de langostinos regular) y fue un poquito más caro.

Con el estómago lleno, el resto de exigencias saciadas y una sonrisa entre satisfacción y pena, la autovía era ya lo único que nos separaba del hogar y un fin de semana genial.

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