Un día de lluvia

Suena el despertador. Me inclino en la cama. Descorro las cortinas y los cristales aparecen empañados. Abro las ventanas y comienzan a entrar algunas gotas de lluvia despistadas. Con el aire también se cuela ese agradable olor a hierba mojada que tanto me gusta. Respiro profundo varias veces y me mentalizo de que será un gran día.

Una ducha rápida, el desayuno más rápido aún y salgo despedido venciendo la gravedad que me mantiene atado a mi pequeña casita.

Llego al curro y es como cualquier otro día si no fuese porque me mentalicé de que iba a ser un día grande. Mis compañeros son buena gente. Lo sé porque me hacen sentir bien en un día que podría ser de perros. Música de fondo, risas y comentarios picantes, irónicos y algo de mayéutica para resolver los problemas más extraños que el maestro nos plantea.

Y así pasa el tiempo, a una velocidad casi meteórica y cuando vuelves a tu hogar, se queda pequeño porque cargas gustoso con todas las anécdotas del día, con las risas y el aroma a hierba mojada que se coló por la mañana…

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