Adiós sus señorías

Tranquilos, amigos, ¡no me estoy despidiendo! El otro día tuve la osadía de comer viendo el telediario de las 15:00 y salió una noticia que me enterneció el corazón: “el Congreso de los Diputados cierra una etapa”. Digo que me enterneció porque era como cuando se acaba el curso y todos los alumnos se despiden los unos de los otros, con abrazos, besos e incluso algunas lágrimas de desconsuelo. Sinceramente, se me humedecieron los ojos… Es muy bonito ver cómo se dejan las tontas redencillas atrás y en plena efervescencia de sentimientos aflora ese cariño que en el fondo se profesan.

Algunos de los diputados llevan media vida trabajando para y por los españoles y ya han estimado que es hora de dejarlo. Otros, sin embargo, se mantienen al pie del cañón porque estiman que todavía pueden dar mucha guerra… Y como en todo trabajo, cuando te despides, te corresponde el deseado finiquito para ayudarte en tu nueva etapa: el paro.

Para aquellos que están tan apenados como yo, sólo quiero deciros que no estéis tristes. Recordad que esto es como el colegio y ¡el nuevo curso está a la vuelta de la esquina!

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