El parto: una experiencia difícil de explicar

Hace unos días estuve asistiendo a mi mujer en el parto. Meses antes me surgían miedos, fomentados por una experiencia extraña que tuve hace años con un desmayo fortuito. Tenía miedo por si el día del parto me pasaba lo mismo, caía redondo y no podía ayudarla. No sé si fueron las manos de los dioses o la capacidad humana de sobreponerse a cualquier situación, la que hizo que ahora pueda contarlo.

Lo primero que debo alabar fue la actitud del equipo médico que estuvo con nosotros, implicándome en todo el proceso y atendiendo con delicadeza a la madre.

Recuerdo que la matrona me decía: “esto es lo más bonito del mundo”. Para mí, no lo fue. Fue muchas otras cosas, por las que no dudaría volver a pasar, pero bonito no es el adjetivo más apropiado.

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Rabia

Siento rabia por la rabia de los últimos años. Rabia por absurda e innecesaria.

Al menos fue sentirse vivo, cabreado pero vivo. Reteniendo la mala hostia con el corazón disparado y con bocanadas de aire largas y contenidas.

Echo la vista atrás y sigo sintiendo la rabia.

Ya no tanto por mí, pero por mí porque hay heridas que si no se cierran se enquistan en la sombra.

Olvidar es a veces más práctico que sabio, pero solo si eres capaz de olvidar como si nunca antes hubiera ocurrido.

Ya siento menos rabia, mucha menos pero aún demasiada para lo que debería.

Es rabia por injusticia, por absurda, por innecesaria, y, sobre todo, porque, en muchos casos, fue inconsciente.

Un cambio de “look” puede ser el primer paso para respirar aire nuevo

Quizá el título parece algo bastante obvio o absurdo, pero a veces hay que empezar por cosas sencillas. Uno de los estúpidos blog que ojeo sobre cómo gestionar el tiempo para aprender a organizarme mejor (y que curiosamente me hace perder el tiempo en la mayoría de los casos), indica que a veces es necesario dividir las tareas de un problema en tareas más pequeñas para que sea más fácil resolverlas y así avanzar y ser consciente de dicho avance. Otro aspecto que se suele comentar en dicho blog es la necesidad de minimizar las distracciones. Son recomendaciones básicas e incluso triviales pero que normalmente obviamos.

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Song to the siren

Cuando cae la noche y la luna juega a esconderse en el cielo, la vigilia me arrastra hasta vidas pasadas, cabalgando junto a marinos en sus barcos, sumidos en la quietud del mar, iluminados únicamente por farolillos en vaivén constante, esperando un canto de sirena que nos despierte y nos empuje hasta sus brazos una vez más.

Por honor

Afilé el cuchillo sentado frente al espejo. Mi mirada estaba fija en mis propios ojos, desvanecidos en pensamientos forjados a través de los siglos. El tiempo parecía haberse detenido y el ruido de los coches, los gritos de la gente que se colaban por las ventanas quedaban en leves susurros para mi mente. Respiré hondo y me puse en pie. El pulso ya no me temblaba, estaba convencido. Dejé la carta apoyada en nuestro retrato, en un sobre blanco en el que sólo ponía su nombre. Até la cinta en mi frente y salí a caminar. Todos se apartaban de mi lado, con la mirada perpleja. Una voz a los lejos me susurraba que siguiera hacia delante, sin miedo, con la cabeza alta: “nunca más sentirás dolor, te acogeré una vez más en mi seno”.

Ahora en el mundo se escucha una vez más: “ahí va otro estúpido mártir que no supo cuestionar su fe”.