Odio tu puta música enlatada

Después de un viaje de ida y vuelta en el mismo día a Madrid, me quedaban fuerzas para tomar una cerveza (que se presumía rápida) en un bar concierto en el que, un martes noche, ofrecían una jam session. Mi asombro empezó nada más llegar ya que no cabía un alma más en el local: ¡coño, qué raro un martes! Cuando conseguí entrar, empecé a ver muchas caras conocidas, sobre todo de músicos. “Estos cabrones tienen tirón”, pensé. Una cerveza y comenzó el estruendo: acordes generosos para que los artistas dieran rienda suelta a su sabiduría.

Al principio me supo a más de lo mismo, lo que había visto y escuchado otras veces de manos de los mismos. Pero cambié de opinión rápidamente. Un amigo se subió con su guitarra y demostró que hay otras cosas que se pueden hacer. Interpretó con el resto un tema de Django Reinhardt.

NOTA: el que no conozca a Django probablemente está intoxicado por el conocido mal de “la música enlatada”.

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A golpe de blues

Después de dormir un par de horas para recuperarme físicamente, me levanto con un recopilatorio de Joe Bonamassa a gran volumen. Mi cabeza comienza a dar vueltas con ella subida en la cama, mirándome con ojitos lascivos, saltando y contoneando su delgado cuerpo blanquecino. “Esta música también es perfecta para quitarte la ropa lentamente”, le digo mientras me toco las pelotas. ¡Joder! cómo añoro el sonido de la aguja rasgando el disco de vinilo para estos casos. El sonido es mucho más erótico.

Si no te desnudas al son de los riffs de esta guitarra, subiré yo mismo y te arrancaré la ropa a mordiscos. Hoy me siento como Mickey Rourke en 9 semanas y media, ese canalla atractivo cargado de la suficiente tensión sexual como para irritarte la raja con sólo mirarte.

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