La terna de oro en Tenerife (primera parte)

Día 21 de Agosto de 2008

Salida a la 1:45 am de la estación de autobús de Cáceres. Pese a que nuestras intenciones eran descansar en el trayecto, se hizo complicado al percatarnos de que el conductor tomaba las rotondas como si fueran rectas. Aprovechamos para hablar un poco y escuchar música. No daba para mucho más el viaje en esas condiciones.

Una vez llegados a Madrid y besar tierra firme, decidimos llenar el estómago en Conde Casal con un cafetito y unas porras (churros grandes, para que nadie se pierda). Cerca de las 8 am ya estábamos en el aeropuerto y en poco más de una hora, teníamos facturadas las maletas. Como nuestro avión no salía hasta las 11:10 am, nos armamos de paciencia mientras leíamos un poco (ya que la televisión no tenía noticias agradables) o alguno se atrevía a dar una cabezada. Como era de esperar nos dijeron que teníamos retraso debido a una fuga de queroseno. Tranquilizador…

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Un día hablaré de café

Podía haber empezado bien la mañana, pero han vuelto a poner a una nueva camarera en la cafetería de Derecho, en ese desierto (¡un poco más de vida, coño!) en el que me toca trabajar. Al menos tengo mi pequeño refugio, mi pequeño oasis con sus pequeños alicientes.

Lo único que pedí fue un café, esa bebida que mandaron los dioses y que a muchos nos ha servido para socializarnos a lo largo de nuestra vida. Lo que estoy bebiendo es lo más parecido a agua sucia, al efecto de exprimir un calcetín sucio que previamente ha estado en remojo en agua estancada. Sin sabor, sin olor y más bien frío.

Así no trabaja ni dios. De todos modos, haré un esfuerzo hasta la hora del desayuno, donde como amantes, se volverán a encontrar mis cinco sentidos con mi añorado café.

Autor: Abel Acosta