Adiós sus señorías

Tranquilos, amigos, ¡no me estoy despidiendo! El otro día tuve la osadía de comer viendo el telediario de las 15:00 y salió una noticia que me enterneció el corazón: “el Congreso de los Diputados cierra una etapa”. Digo que me enterneció porque era como cuando se acaba el curso y todos los alumnos se despiden los unos de los otros, con abrazos, besos e incluso algunas lágrimas de desconsuelo. Sinceramente, se me humedecieron los ojos… Es muy bonito ver cómo se dejan las tontas redencillas atrás y en plena efervescencia de sentimientos aflora ese cariño que en el fondo se profesan.

Algunos de los diputados llevan media vida trabajando para y por los españoles y ya han estimado que es hora de dejarlo. Otros, sin embargo, se mantienen al pie del cañón porque estiman que todavía pueden dar mucha guerra… Y como en todo trabajo, cuando te despides, te corresponde el deseado finiquito para ayudarte en tu nueva etapa: el paro.

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Las personas marcan la diferencia

Casi me hacen creérmelo, al menos en el sentido que ellos pretendían…

Cuando uno ya cuenta con una cierta edad, tiende a pensar las cosas que le dicen (si le interesan, claro) desde puntos de vista más críticos. Si además la conversación se ve impregnada por tintes cercanos a la política o si desprenden cierto tufillo a ella, más aún.

Las clases del máster no están siendo todo lo provechosas que yo esperaba pero sí están fomentando mis ganas de diálogo, de análisis constante y de darle una vuelta de tuerca más a las cosas que nos cuentan. Creo que es lo mejor que puedo hacer para aprovechar estas horas “infernales” que saben muchas veces a inacabables.

Todo este amago de disertación viene a raíz de una presentación relacionada con la creación de empresas y las ayudas que están a disposición de los emprendedores en mi región. Las opciones eran múltiples y hubo algún momento en que casi me hicieron pensar que estaba loco no intentando montar un negocio, que había muchísimas facilidades económicas, de asesoramiento,… El problema surgió cuando vi ciertas cifras en las trasparencia, que básicamente no me cuadraban: la asignación de ayudas. No eran tan generosas como nos lo pintaban. Hablaban de dinero público y claro justificaban que no se podía repartir a lo loco.

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Ley Sinde (o cómo tratar la cultura como moneda de cambio)

Mucho se ha hablado ya y seguro que se hablará mucho más aún de la Ley Sinde. Habrá quien ahora esté aplaudiendo esta victoria, jactándose de los que hemos intentado parar este despropósito sin suerte.

El diálogo que curiosamente debería haber girado entorno a cómo se gestionan los derechos de autor, de cómo deben ser compatibles con el acceso a la cultura de modo universal y sobre la capacidad de difundirla a través de canales acordes al momento en que nos encontramos, al final se ha centrado meramente en la necesidad de compensar económicamente a un colectivo reducido y maltrecho que quiere vivir de su trabajo (ojo, querer no es deber).

Nuestros políticos y sus secuaces, teniendo a toda una sociedad bien informada que ha querido prestar sus servicios desinteresados de asesoramiento, han hecho oídos sordos y se han cerrado en banda ante la posibilidad de implantar (o al menos a ayudar) millares de alternativas frente a la que ellos han estimado la única y más absurda opción: poner puertas al mar.

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Superalimentos y la lista de la compra

Después de casi 3 meses viviendo en el nuevo piso, el imperativo que más retumbaba mi cabeza era la compra del mes. En estas fechas, este acto se puede convertir en toda una odisea debido a la actitud compulsiva de los clientes. Armados de la paciencia que me caracterizaba antaño y con la lista en el móvil (sí, carcas cabrones, el móvil) comenzó la excursión.

Curiosamente, según iban pasando los minutos, lo que más me tocaba las pelotas no eran los clientes despistados que bloqueaban los pasillos con sus carros como si el supermercado fuera suyo, ni los listos de turno que piensan que nadie se da cuenta de su actitud descarada. Lo que más me jodió es que perdí mucho tiempo en encontrar alimentos normales. Sí, lo que leéis.

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Próximo destino: Marruecos

En apenas unos días estaré al otro lado del charco, en tierra marroquí, disfrutando de mis últimos días de vacaciones del año. Estoy ansioso, nervioso por muchos motivos. No conozco a nadie que haya estado allí y no quiera repetir. Parecen incluso más entusiasmados que yo mismo. Esta misma mañana un compañero del trabajo me contaba lo bien que lo había pasado (acaba de llegar de allí), no paró de darme consejos, bien aprendidos a lo largo de su estancia, sugiriendome sitios que visitar, qué hacer, cómo actuar y sobre todo, me recalcó que estuviera tranquilo, que es una zona muy tranquila y segura. Que si hay no sé cuántos policías por turista y pitos y flautas.

Curiosamente, después de saborear el café y zamparme los bollos de chocolate, lo único que aún seguía haciendo ruido en mi cabeza eran las palabras de tranquilidad. ¿Por qué? Porque son difíciles de encajar, porque no lo vas a terminar de creer hasta que estés de vuelta. Sí, esa es la realidad.
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