Ley Sinde (o cómo tratar la cultura como moneda de cambio)

Mucho se ha hablado ya y seguro que se hablará mucho más aún de la Ley Sinde. Habrá quien ahora esté aplaudiendo esta victoria, jactándose de los que hemos intentado parar este despropósito sin suerte.

El diálogo que curiosamente debería haber girado entorno a cómo se gestionan los derechos de autor, de cómo deben ser compatibles con el acceso a la cultura de modo universal y sobre la capacidad de difundirla a través de canales acordes al momento en que nos encontramos, al final se ha centrado meramente en la necesidad de compensar económicamente a un colectivo reducido y maltrecho que quiere vivir de su trabajo (ojo, querer no es deber).

Nuestros políticos y sus secuaces, teniendo a toda una sociedad bien informada que ha querido prestar sus servicios desinteresados de asesoramiento, han hecho oídos sordos y se han cerrado en banda ante la posibilidad de implantar (o al menos a ayudar) millares de alternativas frente a la que ellos han estimado la única y más absurda opción: poner puertas al mar.

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A ti, artista llorón

Estoy cansado ya de escuchar los mismos y tristes argumentos de un gran número de mal llamados artistas: La cultura se muere o nos morimos de hambre, los cabrones de los piratas que nos roban, queremos vivir de nuestro trabajo, nos pagan un porcentaje muy pequeño,…

Acusar a la piratería de lo mal que van las cosas no es más que un vago ejercicio de autocrítica y egocentrismo, de un análisis superficial del problema actual. Decir que la cultura se muere es simplemente una aberración. Que la gente quiera vivir de su trabajo no es algo nuevo ni está únicamente unido al sector artístico. Que pagan poco, como en la mayoría de los trabajos.

Vivimos en una época de enormes cambios morales, sociales,…, y muchos de ellos siguen analizándose bajo cánones desfasados, criticándose desde puntos de vista irracionales. Aparte de que deberíamos realizar análisis y críticas basándonos en otros criterios, lo que realmente necesitamos es un cambio de mentalidad y ganas de buscar soluciones. Ya no vale echar la culpa a otros, ¿cuántos putos años tenemos?

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Anécdota: el alcohol, sus horarios y restricciones

También podría haber titulado el artículo algo así: “cómo tocarte los huevos a las 22:20”, pero no hubiera sido igual de claro.

Curiosamente, el viernes decidí no salir por la noche y quedarme en casa a ver una película cenando cualquier tontería y bebiendo una cervecita. Mierda, me había quedado sin cerveza. ¿Qué hace alguien en un momento tan delicado como éste? Se arma de valor y baja a la multitienda de turno a pedir un litro. ¡Mierda, de nuevo! (en un tono de sorpresa y rabia). Como son más de las 22:00 ya no te venden alcohol (eran las 22:20 como anticipé). Lo peor no es eso, es que tienen el valor de ofrecerme una fantita.

  • “No, señorita, vine únicamente a por una cerveza, para cenar tranquilamente en mi casa”.
  • Lo siento, no podemos vendérsela.

Entiendo que las autoridades quieran erradicar el botellón (que en gran medida, ya está erradicado, por desgracia), que quieran ponérselo difícil a los jóvenes, que intenten velar por nuestra salud. Pero ¿no hay otras formas más lógicas de hacerlo?

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Por honor

Afilé el cuchillo sentado frente al espejo. Mi mirada estaba fija en mis propios ojos, desvanecidos en pensamientos forjados a través de los siglos. El tiempo parecía haberse detenido y el ruido de los coches, los gritos de la gente que se colaban por las ventanas quedaban en leves susurros para mi mente. Respiré hondo y me puse en pie. El pulso ya no me temblaba, estaba convencido. Dejé la carta apoyada en nuestro retrato, en un sobre blanco en el que sólo ponía su nombre. Até la cinta en mi frente y salí a caminar. Todos se apartaban de mi lado, con la mirada perpleja. Una voz a los lejos me susurraba que siguiera hacia delante, sin miedo, con la cabeza alta: “nunca más sentirás dolor, te acogeré una vez más en mi seno”.

Ahora en el mundo se escucha una vez más: “ahí va otro estúpido mártir que no supo cuestionar su fe”.

Change the world

Al final no he podido evitar escribir unas líneas. Hoy me levanté con ganas de trabajar, solucionar algunos problemillas que tengo bien acotados y que me han dado dolor de cabeza en las últimas semanas y que por fin pasarán a la historia (al menos eso espero). Después del café y los churros, me quitaron las ganas (y no, no fueron ni el café, ni los churros, ni el camarero, los responsables).

Si lo piensas, a nuestro alrededor hay personas que te desaniman día tras día, por su forma de actuar, de hablar o incluso de mirarte. De alguna u otra forma te infectan con su desánimo, su pasotismo y si quieres conservar tu integridad o tan sólo el buen estado con que te levantaste, tienes que armarte de paciencia, respirar hondo y seguir mirando hacia adelante.

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