Song to the siren

Cuando cae la noche y la luna juega a esconderse en el cielo, la vigilia me arrastra hasta vidas pasadas, cabalgando junto a marinos en sus barcos, sumidos en la quietud del mar, iluminados únicamente por farolillos en vaivén constante, esperando un canto de sirena que nos despierte y nos empuje hasta sus brazos una vez más.

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Por honor

Afilé el cuchillo sentado frente al espejo. Mi mirada estaba fija en mis propios ojos, desvanecidos en pensamientos forjados a través de los siglos. El tiempo parecía haberse detenido y el ruido de los coches, los gritos de la gente que se colaban por las ventanas quedaban en leves susurros para mi mente. Respiré hondo y me puse en pie. El pulso ya no me temblaba, estaba convencido. Dejé la carta apoyada en nuestro retrato, en un sobre blanco en el que sólo ponía su nombre. Até la cinta en mi frente y salí a caminar. Todos se apartaban de mi lado, con la mirada perpleja. Una voz a los lejos me susurraba que siguiera hacia delante, sin miedo, con la cabeza alta: “nunca más sentirás dolor, te acogeré una vez más en mi seno”.

Ahora en el mundo se escucha una vez más: “ahí va otro estúpido mártir que no supo cuestionar su fe”.

A golpe de blues

Después de dormir un par de horas para recuperarme físicamente, me levanto con un recopilatorio de Joe Bonamassa a gran volumen. Mi cabeza comienza a dar vueltas con ella subida en la cama, mirándome con ojitos lascivos, saltando y contoneando su delgado cuerpo blanquecino. “Esta música también es perfecta para quitarte la ropa lentamente”, le digo mientras me toco las pelotas. ¡Joder! cómo añoro el sonido de la aguja rasgando el disco de vinilo para estos casos. El sonido es mucho más erótico.

Si no te desnudas al son de los riffs de esta guitarra, subiré yo mismo y te arrancaré la ropa a mordiscos. Hoy me siento como Mickey Rourke en 9 semanas y media, ese canalla atractivo cargado de la suficiente tensión sexual como para irritarte la raja con sólo mirarte.

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