Extraño

Qué extraño es todo cuando aquello que diariamente te acompañaba, desaparece. Los días cada vez se hacen más cortos y sólo hay ganas de tumbarse a descansar, mirando con anhelo todo lo que antes te empujaba a moverte. Un mero paso hacia el óxido del cuerpo te sume en un ciclo de decadencia del que es difícil deshacerse. Necesitamos la vitalidad de nuestros congéneres para arrancar las ganas… Simplemente las ganas…

Por honor

Afilé el cuchillo sentado frente al espejo. Mi mirada estaba fija en mis propios ojos, desvanecidos en pensamientos forjados a través de los siglos. El tiempo parecía haberse detenido y el ruido de los coches, los gritos de la gente que se colaban por las ventanas quedaban en leves susurros para mi mente. Respiré hondo y me puse en pie. El pulso ya no me temblaba, estaba convencido. Dejé la carta apoyada en nuestro retrato, en un sobre blanco en el que sólo ponía su nombre. Até la cinta en mi frente y salí a caminar. Todos se apartaban de mi lado, con la mirada perpleja. Una voz a los lejos me susurraba que siguiera hacia delante, sin miedo, con la cabeza alta: “nunca más sentirás dolor, te acogeré una vez más en mi seno”.

Ahora en el mundo se escucha una vez más: “ahí va otro estúpido mártir que no supo cuestionar su fe”.

Ojos de desconfianza

Mi viejo amigo. Veo el miedo en tu cara, tus ojos de desconfianza. Para ti soy tan sólo un joven lleno de odio al que dejaste en herencia un mundo de papel que se deshace lentamente. Piensas que cargaré contra ti para apaciguar mi ira.

Bien sabes que sólo intento sobrevivir. Crees que soy una hiena, intentando llevarme a la boca algún pedazo de carne a toda costa. En realidad, me incitan a ello todos los días. Hoy estoy calmado. Mañana cúbrete las espaldas: puedes ser mi siguiente víctima.

Colapso mental

Llevo ya un par de semanas en los que me noto desubicado mentalmente, confuso, bloqueado. El culpable, mi trabajo y mi actitud.

Hace años, mi jefe me dijo algo así: “el trabajo de administrador de sistemas es, diría yo, vocacional, muy sacrificado y está muy poco reconocido o valorado por los que no entienden de estas cosas”. Pese a todo, acepté el desafío ya que este mundillo cada vez me parecía más interesante en cada paso que daba. Es un reto intentar mejorar las cosas que están hechas, mantener las existentes, investigar en el amplio abanico de posibilidades que existen para hacer una misma cosa (también hay partes mecánicas o rutinarias, como en todo).

Pero estoy empezando a notar los efectos de hacer cada vez más mío el trabajo. Me levanto y el instinto me lleva a encender el ordenador, calentar el café e ir directo a la ducha. En ese orden estricto. Con las primeras gotas de agua, empiezo a recopilar en mi cabeza las tareas que quedé pendiente el día anterior y tras el primer sorbo de café, busco soluciones a los problemas que aún tengo en el aire. Durante el trabajo, estoy inmerso en pantallas negras y miles de webs buscando información de lo que toque en ese momento, absorto, ausente, serio, concentrado. Salgo del trabajo y mi cabeza sigue procesando la información leía, dando vueltas a lo que he hecho y que parece que no debo volver a tocar porque ya se ha solucionado (siempre dudo). Llego a casa y descargo el correo (también el del trabajo) y antes de ir a comer, me aseguro de que no ha habido ninguna novedad en los 15 minutos de trayecto en coche (me salvo unas horas de esto cuando me da por comer fuera). Por la tarde, si estoy en casa, me mantengo alerta y reviso el correo (cada vez más de lo necesario). En la noche, cuando me meto en la cama, empiezo a ser feliz de nuevo.

Lo peor de todo, es que creo que me estoy encerrando en mí mismo, me estoy volviendo menos social. Al menos soy consciente de ello. Cuando ya no lo sea, recordádmelo.

Escuchando Hidden track de The Gathering (en bucle infinito)