Un día de lluvia

Suena el despertador. Me inclino en la cama. Descorro las cortinas y los cristales aparecen empañados. Abro las ventanas y comienzan a entrar algunas gotas de lluvia despistadas. Con el aire también se cuela ese agradable olor a hierba mojada que tanto me gusta. Respiro profundo varias veces y me mentalizo de que será un gran día.

Una ducha rápida, el desayuno más rápido aún y salgo despedido venciendo la gravedad que me mantiene atado a mi pequeña casita.

Llego al curro y es como cualquier otro día si no fuese porque me mentalicé de que iba a ser un día grande. Mis compañeros son buena gente. Lo sé porque me hacen sentir bien en un día que podría ser de perros. Música de fondo, risas y comentarios picantes, irónicos y algo de mayéutica para resolver los problemas más extraños que el maestro nos plantea.

Y así pasa el tiempo, a una velocidad casi meteórica y cuando vuelves a tu hogar, se queda pequeño porque cargas gustoso con todas las anécdotas del día, con las risas y el aroma a hierba mojada que se coló por la mañana…

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A cámara lenta

Últimamente, mi pasado se reproduce en mi cabeza a cámara lenta cada vez que suena la típica balada. Aunque siento añoranza por sensaciones que tuve (y que a veces pienso equivocadamente que no volveré a tener), siempre hay en mí una sonrisa en esas imágenes.

La mayoría de las veces nos quejamos sin pararnos a pensar que la vida no nos ha ido tan mal. Con los peores momentos fortalecemos nuestros caracteres y quizás nos hacen mejores personas.

También he dejado mucha gente atrás que reaparece, no sé si para quedarse o para recordarme que hay que dar las gracias porque pasaron por mi vida y aún siguen ahí, como si nunca hubiesen desaparecido.

Seguiré caminando intentando mantener la sonrisa y creando más momentos que en un futuro pueda visionar cuando cierre los ojos.

Escrito mientras escuchaba a Allison Crowe