Por honor

Afilé el cuchillo sentado frente al espejo. Mi mirada estaba fija en mis propios ojos, desvanecidos en pensamientos forjados a través de los siglos. El tiempo parecía haberse detenido y el ruido de los coches, los gritos de la gente que se colaban por las ventanas quedaban en leves susurros para mi mente. Respiré hondo y me puse en pie. El pulso ya no me temblaba, estaba convencido. Dejé la carta apoyada en nuestro retrato, en un sobre blanco en el que sólo ponía su nombre. Até la cinta en mi frente y salí a caminar. Todos se apartaban de mi lado, con la mirada perpleja. Una voz a los lejos me susurraba que siguiera hacia delante, sin miedo, con la cabeza alta: “nunca más sentirás dolor, te acogeré una vez más en mi seno”.

Ahora en el mundo se escucha una vez más: “ahí va otro estúpido mártir que no supo cuestionar su fe”.

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Lentamente

Ella no me espera, está distraída mirando al infinito, ausente entre el aroma de la hierba mojada y la poca luz de la luna que sobresale entre los nubarrones.  La miro desde lejos, escondiéndome entre los arbustos, moviéndome lentamente entre los árboles, acechándola con los cinco sentidos.

Despreocupada se tumba y cierra los ojos. Cada vez estoy más cerca. Siento los dientes afilados y el corazón acelerarse… De un salto acabo encima de ella, con la mirada fija en su blanca piel, sujetándola con fuerza por las muñecas.

Ella me mira, sonríe y me susurra al oído: “te cacé”.

A oscuras

¡Yo no la maté!”, juraba entre sollozos e incomprensión mientras alguien me gritaba tras una luz que apuntaba directa a mi cara.

Notaba mis manos atadas a mi espalda. El dolor en mis muñecas se hacía cada vez más intenso.

¡La encontré tendida en la bañera cuando llegué de trabajar! Ni siquiera la conocía. Follamos sin parar la noche anterior pero juro que se fue antes de irme a dormir.

¿Cómo entró entonces en tu casa? ¿Por qué tenía una copia de tus llaves? No nos vengas ahora con que la pusieron unos extraterrestres para inculparte. Esto no es una película de mierda de esas que os tragáis los adolescentes descerebrados como tú mientras metéis vuestras sucias manos bajo la falda de la golfa de turno.

No lo sé, lo juro, joder, ¡no lo sé!

¿Tomas drogas muchacho? ¿Estabas acaso borracho y perdiste el control? ¡Contesta cabrón!”. Una mano aterrizó desde el cielo en mi cara como un rayo en mitad de una tormenta.

Intenté ponerme en pie de la rabia, empujé con parte del cuerpo la mesa que había delante y cayó la lámpara al suelo y se apagó.

Ahora nadie verá nada, chaval…” Apenas unas carcajadas y sonido metálico como el de una cadenas chocando entre sí.

Desperté después de varias horas inconsciente, en mitad de un charco de sangre que me rodeaba. Un niño, en cuclillas y con un palito, estaba moviéndome la cabeza como si fuera un juguete. Cuando me vio abrir los ojos, paró, se levantó y se quedó observándome hasta que conseguí incorporarme. Extendió la mano y apuntó con el dedo en dirección a ninguna parte. Sólo quería desaparecer…

Ojos de desconfianza

Mi viejo amigo. Veo el miedo en tu cara, tus ojos de desconfianza. Para ti soy tan sólo un joven lleno de odio al que dejaste en herencia un mundo de papel que se deshace lentamente. Piensas que cargaré contra ti para apaciguar mi ira.

Bien sabes que sólo intento sobrevivir. Crees que soy una hiena, intentando llevarme a la boca algún pedazo de carne a toda costa. En realidad, me incitan a ello todos los días. Hoy estoy calmado. Mañana cúbrete las espaldas: puedes ser mi siguiente víctima.

Otra sangre

Hoy he venido para colarme entre tus sábanas.

No para hacerte el amor sino para matarte.

Quiero arrancarte la vida, estrellarte contra el espejo
y ver cómo se derrama tu sangre con la mirada
aún intentando comprender por qué mis manos
se marcan en tu cuello a punto de romperse.

No es un momento de locura pasajera.

Quiero arrancarte la vida una y otra vez
hasta no dejar huella alguna de tu existencia.
Es un paso más en mi búsqueda del placer,
más macabro de lo que pudiste pensar.

No puedo controlar la bestia que me desgarra.

Te arrancaré la vida antes de que se apacigüe.
Siento el mar desbocado. Nada puede salvarte.
El viento me arrastra y desvanecerá el olor
a vida marchita que quedará en mi piel.

No sólo morirás tú. Moriré yo.

Y otra alma nacerá de tanta destrucción…